Contrario a lo que muchos pueden pensar, la felicidad es algo que se puede cuantificar, tanto en un nivel social como personal. Diversas ciencias han apuntado a esto desde el siglo pasado, utilizando varios indicadores que, en su mayoría, son subjetivos. Esta realidad ha sido discutida desde los tiempos de los filósofos antiguos y personajes icónicos como Albert Einstein, quien declaró que una vida tranquila y modesta proporciona más felicidad que una constante búsqueda de éxito acompañada de inquietud. Acorde a Einstein, ayudar a los demás en la sociedad es la verdadera razón de la existencia individual.
Estas profundas ideas merecen ser revisadas en la era digital y evaluar cómo está evolucionando la sociedad actual a través de diferentes indicadores de felicidad.
La felicidad en el mundo digital
La felicidad en la sociedad ha sido un tema de análisis desde tiempos tan remotos como los de Aristóteles, que afirmaba que el objetivo esencial del Estado era procurar la felicidad de los ciudadanos. En la actualidad, la digitalización ha sido incorporada en las relaciones y conexiones humanas, y se está cuestionando si esto contribuye positivamente a la meta establecida por Aristóteles.
Un factor clave que se ha identificado, particularmente entre el grupo de edad avanzada y especialmente en África Subsahariana, es una creciente desigualdad en términos de felicidad que ha emergido desde la crisis del inicio del siglo (20006-2010). Factores como el envejecimiento, pandemias, digitalización, conflictos bélicos, desigualdad económica y pobreza juegan un papel importante en estas cifras.
En un estudio realizado en España por el Observatorio de Intangibles y Calidad de Vida (OICV), se concluyó que los ciudadanos con habilidades digitales avanzadas tendían a tener mayores niveles de calidad de vida y felicidad social. Factores prominentes en este resultado incluyen sostenibilidad, un entorno de trabajo interconectado con posibilidad de trabajo remoto, opciones culturales y deportivas, y turismo.
Uno de los elementos que parece tener menos importancia para esta población es la familia y el sentido de comunidad. Estos ciudadanos tienden a estar más aislados a pesar de estar más conectados, sustituyendo relaciones sociales presenciales por digitales.
Por otro lado, se halló una correlación entre las habilidades digitales y la edad, con una notable brecha entre los nacidos antes y después de 1970. Según las conclusiones del estudio, la sociedad está transformándose de forma que los ancianos con habilidades digitales bajas quedan excluidos, resultando en sentirse menos felices. Estas personas "analógicas" tienen distintos patrones para alcanzar la felicidad, lo que puede desencadenar rechazo y aislamiento a raíz de la denominada brecha digital.
En términos de inclusión y equidad en la sociedad contemporánea, la disparidad de habilidades digitales puede impactar de forma significativa, dado que la competencia en el uso de tecnologías digitales influye en el acceso a la información, las oportunidades laborales, los servicios públicos y la participación en la vida social y económica.
Esta situación puede ocasionar frustración e infelicidad en las personas mayores que no están dispuestas o no pueden adaptarse a los formatos digitales. Sin embargo, aquellos que logran integrarse a estos formatos pueden experimentar satisfacción y felicidad incrementada. No obstante, la hiperconectividad tecnológica puede derivar en problemas de ansiedad y aislamiento.
En resumen, tanto la vulnerabilidad que resulta de la carencia de habilidades digitales en las personas mayores, como la alienación digital que afecta a los más jóvenes, están obstaculizando la búsqueda de felicidad individual en la sociedad digital. Ambos escenarios resultan en vulnerabilidad, frustración, aislamiento e infelicidad.
En vista de la actual tendencia, surge la pregunta: ¿Será en gran medida digital la futura felicidad social, especialmente con la emergencia de sistemas sustitutos para las relaciones personales a través de la Inteligencia Artificial?
