Identificada como "la de falda de serpientes", Coatlicue es una prominente figura de la mitología azteca. Se le atribuye la creación de las estrellas, el sol y la luna. Esta entidad, temida y reverenciada en igual medida por su representación llena de serpientes y garras, tuvo un culto tan potente que llegó a atemorizar a los conquistadores españoles.
Tras la llegada de los colonizadores al territorio que luego se conocería como Nueva España (hoy en día México), se encontraron con el culto a las divinidades aztecas. Los sacrificios humanos formaban parte integral de estos rituales, lo cual resultaba insoportable para los conquistadores españoles.
En 1790 se descubrió un famoso monolito que retrataba a la diosa Coatlicue. Esta representación mostraba sus pechos caídos, simbolizando su fertilidad, y su distintiva falda de serpientes. Incluso se veían serpientes reemplazando partes de su cuerpo, como su cabeza formada por dos serpientes enfrentadas. Coatlicue también era representada con garras, pero lo que más aterrorizaba a los españoles era su collar hecho de manos y corazones humanos. Este collar figuraba los horripilantes sacrificios humanos que se le ofrecían.
La impresión fue tan fuerte para los trabajadores que la descubrieron, que los conquistadores españoles decidieron enterrarla. Casi un siglo después, el famoso explorador Alexander von Humboldt la visitó. Sin embargo, ante el desconcierto y el terror que suscitaba entre las autoridades, el monumento a Coatlicue no volvió a la luz del día hasta después de la independencia de México de España.
En la actualidad, la gigantesca Coatlicue de 3 toneladas tiene su residencia en el Museo de Antropología y Arqueología de la Ciudad de México. ¿Quién era realmente esta esencial deidad azteca?
La madre de todos los dioses
Coatlicue es conocida por haber dado vida a los dioses de las estrellas del sur, los Centzon Huitznáhuac, y a Coyolxauhqui, que lideraba a sus 400 hermanos. Sin embargo, la contribución más importante de Coatlicue a la mitología azteca fue su hijo, una de las deidades más prominentes del panteón azteca.
La historia cuenta que una pluma hermosa cayó del cielo mientras Coatlicue barría en el monte Coatepec. Decidió guardar la pluma en su seno y, al finalizar su tarea, el objeto había desaparecido, dejándola inexplicablemente embarazada. Este embarazo desató la ira de su hija Coyolxauhqui y de sus otros 400 hijos, los Centzon Huitznáhuac. Ante el temor de que algo desconocido surgiera de esta gestación, decidieron matar a su madre.
A medida que se disponían a llevar a cabo su plan, Coatlicue dio a luz a Huitzilopochtli. El recién nacido dios nació completamente armado y listo para la batalla. Huitzilopochtli protegió a su madre al aniquilar a sus hermanos y decapitar a Coyolxauhqui. A causa de este acto, los sacrificios humanos a Coatlicue implicaban hacer rodar cuerpos por la pirámide, de la misma manera en que el cuerpo de Coyolxauhqui cayó de la montaña. Se dice que las horrendas garras de Coatlicue son una señal de que se nutre de los cadáveres, por lo que, a pesar de ser considerada una "diosa madre", también es un símbolo de la muerte.
La historia de Huitzilopochtli, nacido únicamente de Coatlicue sin un padre, casi culmina en la muerte de su propia madre. Sin embargo, el influjo de Huitzilopochtli en la cosmología azteca creció hasta convertirse en una de las deidades más veneradas cuando los españoles llegaron al Altiplano Central. Los conquistadores trataron de suprimir su culto relacionándolo con atributos malignos europeos.
La imagen de Coatlicue guarda ciertas semejanzas con las deidades grecolatinas Rea o Gea y con la Pachamama de las creencias nativas de Suramérica. En todos estos casos, se las denomina como las madres de los dioses.

Aunque no sea tan conocida en el presente como Quetzalcóatl o su propio hijo Huitzilopochtli, no hay duda de que la vigencia e imponencia del culto a Coatlicue fueron suficientes como para aterrorizar incluso a los conquistadores españoles.
