Con su cuerpo transparente y sus movimientos suaves, las medusas parecen criaturas de otro mundo. Pero detrás de esa apariencia delicada hay una anatomía sorprendente: pueden capturar presas, orientarse y desplazarse sin cerebro ni corazón. Estos diez datos ayudan a entender cómo lo consiguen y aclaran algunas ideas equivocadas sobre ellas.
1. Su cuerpo es aproximadamente un 95 % agua
El agua constituye alrededor del 95 % de su cuerpo, aunque la proporción varía según la especie. No tienen huesos ni una concha que las sostenga: su estructura gelatinosa depende del medio acuático. Fuera del agua pierden su forma y se deshidratan con facilidad.
2. Su anatomía se organiza alrededor de un eje central
Las medusas presentan simetría radial: las partes del cuerpo se distribuyen alrededor de un eje central. A diferencia de nosotros, no tienen un lado izquierdo y otro derecho claramente diferenciados. Esta organización les permite interactuar con lo que las rodea desde distintas direcciones.
3. La misma abertura sirve para comer y expulsar restos
Su sistema digestivo es sencillo. La boca, situada en la parte inferior de la campana, comunica con la cavidad gastrovascular, donde se digiere el alimento y se distribuyen los nutrientes. Los restos no digeridos salen por esa misma abertura: no tienen un ano separado.
4. Nadan mediante pulsaciones
Al contraer su campana, desplazan agua y generan el impulso que les permite avanzar. Después, la campana vuelve a expandirse y el ciclo se repite. Aunque pueden nadar de forma activa, las corrientes también influyen mucho en sus recorridos.
5. No tienen cerebro, pero sí sistema nervioso
Las medusas carecen de cerebro centralizado, corazón y sangre. Sin embargo, sí poseen una red de células nerviosas que coordina sus movimientos y sus respuestas al entorno. Muchas cuentan con estructuras sensibles a la luz y órganos del equilibrio; algunas, como las cubomedusas, tienen ojos mucho más complejos.
6. Su consistencia gelatinosa tiene una explicación
Su cuerpo posee dos capas principales de tejido: la epidermis, que recubre el exterior, y la gastrodermis, que reviste la cavidad digestiva. Entre ambas está la mesoglea, una sustancia gelatinosa rica en agua que aporta volumen y soporte. Por eso, describirlas simplemente como animales de “tres capas” puede resultar impreciso.
7. Sus tentáculos esconden cápsulas microscópicas
Las células urticantes, llamadas cnidocitos, contienen cápsulas conocidas como nematocistos. Ante determinados estímulos, estas disparan un filamento que puede inyectar veneno y ayudar a capturar presas o defenderse. Luego, los tentáculos y los brazos orales acercan el alimento a la boca.
La intensidad de la picadura varía mucho entre especies. No conviene tocar una medusa, ni siquiera si está varada: sus estructuras urticantes pueden seguir activas.
8. Son parientes de los corales y las anémonas
Las medusas pertenecen al filo Cnidaria, junto con los corales, las anémonas y las hidras. El rasgo que reúne a estos animales es la presencia de células urticantes. La mayoría vive en el mar, pero también existen cnidarios de agua dulce.
9. Hay una enorme diversidad, pero contarlas no es tan sencillo
Se suele hablar de unas 2.000 especies de medusas en sentido amplio, aunque la cifra depende de qué grupos se incluyan. El término reúne distintas formas gelatinosas de cnidarios, no una única categoría taxonómica. Además, no viven solo en aguas cálidas: también habitan mares fríos y zonas profundas del océano.
10. Sí existen medusas de agua dulce
Craspedacusta sowerbyi es uno de los ejemplos más conocidos y puede aparecer en lagos, embalses y otros ambientes de agua dulce. Pertenece a los hidrozoos, no a los escifozoos, el grupo que suele recibir el nombre de “medusas verdaderas”. Esa distinción es taxonómica: sí tiene una fase de medusa y no es la única especie de agua dulce.
Su aspecto puede parecer simple, pero las medusas muestran que no hace falta tener huesos, corazón ni cerebro para contar con formas eficaces de moverse, alimentarse y responder al entorno.
